El porqué del trabajo

Por: Sergio Corredor

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Descubre el verdadero propósito del trabajo más allá del salario y la productividad. ¿Cómo recuperar la vocación en medio de la realidad laboral actual?
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Hablar de trabajo hoy no es sencillo. Para muchos jóvenes en Colombia, el trabajo no representa estabilidad, propósito ni vocación, sino cansancio, frustración o una meta aplazada. En otros casos, ni siquiera es una opción real. Según cifras oficiales, en 2025, cerca de 2,5 millones de jóvenes entre 15 y 28 años no estudiaban ni trabajaban, lo que equivale al 22,5 %, aproximadamente, de la población juvenil del país.

La tasa de desempleo juvenil se mantiene por encima del 17 %, casi el doble del promedio nacional, y más del 60 % de los jóvenes ocupados trabaja en la informalidad. El panorama, confirmado por el DANE hasta mayo de 2025, no solo refleja un problema económico, también deja ver una crisis más profunda: una pérdida de sentido frente al valor del trabajo y su lugar en la vida humana. 

¿Es solo un problema de mercado laboral? ¿O estamos frente a una ruptura más profunda entre el ser humano y su vocación? 

Una crisis que no es solo económica 

Para Julián Hernández, economista laboral con experiencia en análisis del sistema productivo colombiano, el fenómeno no puede explicarse únicamente desde las cifras. «Hay algo más profundo que viene desde casa», afirma. A su juicio, además de la precariedad estructural, existe una creciente dificultad para manejar la frustración. «Si no se sienten cómodos o encuentran el primer obstáculo, renuncian y buscan otra oportunidad». 

Hernández reconoce que el mercado no ofrece suficientes condiciones dignas y estables. La informalidad, los bajos salarios y la falta de proyección generan desencanto. Sin embargo, advierte que el trabajo también ha perdido su dimensión formativa. 

El trabajo no solo produce ingresos; también forma carácter, enseña disciplina, nos expone a la autoridad y confronta nuestros límites personales. Cuando esa dimensión desaparece, el empleo se convierte únicamente en una transacción económica. Y cuando no satisface expectativas inmediatas, se abandona. 

El trabajo antes del cansancio 

La reflexión sobre el trabajo no termina en la economía. Desde la teología, el trabajo tiene un origen anterior al pecado y al sufrimiento. Carlos Celis, teólogo y expositor, explica que el concepto de «vocación» fue rescatado por el cristianismo para devolverle al trabajo su dimensión espiritual. 

«El trabajo es el medio por el cual administramos la tierra como parte de un regalo divino y también la manera en que glorificamos a Dios, haciéndolo bien», señala Celis mientras recuerda que en Génesis 2:15 el ser humano fue puesto en el jardín para cultivarlo y cuidarlo, antes de la caída; es decir, el trabajo no nació como castigo. 

«La vocación no es necesariamente el trabajo soñado. Es aquello que el Señor ha dispuesto para ti en el momento en el que estás. Incluso un trabajo duro puede glorificar a Dios». Desde esta perspectiva, el problema no es trabajar; sino haber reducido el trabajo a un salario o una satisfacción personal inmediata. 

Dignidad, autoridad y explotación 

Uno de los argumentos más frecuentes entre los jóvenes es la «dignidad laboral». ¿Dónde está el límite entre un trabajo digno y la explotación? Celis reconoce que vivimos en un mundo caído. Existen jefes injustos, dinámicas abusivas y sistemas imperfectos. Pero insiste en que la responsabilidad del creyente no depende primero del entorno, sino de su relación con Dios. 

«Aunque podamos dialogar para mejorar nuestras condiciones, el llamado del creyente es honrar a sus autoridades, porque entiende que su responsabilidad primaria está delante del Señor». 

Sin embargo, el teólogo también es enfático en la responsabilidad del liderazgo. «Quien está en una posición de autoridad tiene la obligación de honrar a sus empleados con un salario justo y buen trato. Si Cristo siendo Dios mismo, sirvió a otros con amor, ¿qué le hace pensar a un jefe que no debe hacer lo mismo?», afirma Celis.

Producir y cuidar: el diseño original 

Para el escritor Anderson Cala, autor del libro El trabajo ¿Lo hizo Dios como castigo?, la discusión debe comenzar por una redefinición. «Dios trabajó para crearnos y nos creó para trabajar», afirma. 

Cala insiste en que el trabajo, en su esencia bíblica, consiste en dos verbos: producir y cuidar. Cualquier ocupación, remunerada o no, cumple esa dinámica. «La madre que está en casa produce orden, forma carácter y cuida a una familia. El barrendero cuida la ciudad. El odontólogo cuida nuestra salud. Todo trabajo produce algo y cuida algo». 

Desde esta visión, el trabajo no es solo empleo formal. Es la manera en que participamos activamente en el desarrollo del mundo. 

Cuando el trabajo se vuelve carga 

Sin embargo, Cala advierte que no debemos romantizar el trabajo. Después de Génesis 3 aparecen el sudor, el cansancio y la dificultad. «Incluso en lo que amas habrá esfuerzo», explica. «Necesitamos más gente que no solo lleve el cargo, sino que lleve la carga». 

La diferencia no está en eliminar la dificultad, sino en comprender el sentido de lo que se hace. Para ello, rescata la importancia del descanso. No como evasión, sino como espacio de evaluación: ¿qué produje esta semana?, ¿a quién cuidé con mi trabajo?, ¿vale la pena lo que estoy haciendo? 

¿Somos lo que hacemos? 

Cala advierte sobre el peligro de convertir el trabajo en identidad absoluta. «Si fracasas en tu trabajo, fracasaste en tu trabajo, no como persona. Y si triunfas, no eres “la última Coca-Cola del desierto”». 

El éxito contemporáneo suele medirse en salario, cargos altos o reconocimiento. Carlos Celis cuestiona esa definición. «El éxito bíblico es correr la buena batalla y escuchar: ‘Buen siervo fiel’. No es acumular bendiciones materiales». 

Desde la fe, el éxito no es ausencia de pruebas. Al contrario, las pruebas, incluidas las laborales, forman carácter y producen madurez. La carta de Santiago enseña que la dificultad puede convertirse en instrumento de crecimiento.

No es el cargo, es el corazón

Cala también desmonta la idea de que existen trabajos más espirituales que otros. «Más que hablar de vocaciones sagradas, debemos hablar de corazones consagrados», dice. Porque delante de Dios no es más digno el pastor que el bombero; no es más espiritual el misionero que el empresario. Lo que Dios observa no es el cargo, sino el corazón. 

En ese sentido, casi toda profesión honesta, desde recoger basura hasta dirigir una empresa, es digna. Porque todas producen y cuidan, por eso Cala propone un cambio de enfoque: no buscar un trabajo que dé propósito a la vida, sino darle propósito al trabajo que se tiene. 

Incluso en etapas transitorias, como trabajar en una hamburguesería para pagar estudios, puede encontrarse sentido. No es menos exitoso delante de Dios quien está en un empleo modesto que quien alcanza reconocimiento público. 

«Ser humano y ser improductivo es un contrasentido. Ser humano es producir, crear, cuidar», asegura Cala, que está seguro de que la visión cristiana de la eternidad debe incluir el trabajo, no como explotación ni angustia económica, sino como creación plena, sin dolor. El trabajo no es una maldición terrenal que termina en la eternidad, es parte del diseño original que será restaurado a plenitud.

Más allá de sobrevivir 

Las cifras económicas exigen políticas públicas eficaces, generación de empleo digno y reformas estructurales. Pero la discusión no puede quedarse allí porque el trabajo no es solo ingreso; es formación de carácter, administración responsable, producción de belleza, cuidado del otro y expresión de vocación. 

Recuperar el sentido del trabajo implica sanar la relación entre identidad y productividad, entre éxito y propósito, entre dignidad y servicio. En un país donde millones de jóvenes no estudian ni trabajan, la pregunta no es solo cuántos empleos faltan. Es también qué estamos entendiendo por trabajar. 

Porque cuando el trabajo deja de ser únicamente supervivencia y vuelve a conectarse con dignidad, vocación y carácter, deja de ser una carga sin sentido y se convierte en un acto de esperanza.

#CrecimientoPersonal

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