¿Por qué es tan difícil concentrarte después de que tu equipo de fútbol favorito pierde la anhelada copa? ¿O por qué, después de tantos meses, aún no logras superar ese «casi algo»? Quizás, sin darte cuenta, estás atravesando un duelo.
La palabra «duelo» inmediatamente nos hace pensar en la muerte, pero en realidad se refiere a todo tipo de pérdida, incluso las que pasamos por alto porque «no parecen tan graves». Sin embargo, esas pérdidas también necesitan ser reconocidas y procesadas.
El duelo puede aparecer ante cualquier tipo de pérdida: algo que valoramos, un cambio de rol en el trabajo, migrar a otro país, que los hijos se vayan de casa, la pérdida de un bebé, la muerte de la mascota o la ruptura de una relación. Estos son solo algunos ejemplos de situaciones que pueden doler más de lo que imaginamos, aunque para algunos parezca exagerado considerarlos como un duelo.
Son situaciones que forman parte de la vida, por eso no siempre nos tomamos el tiempo para procesarlas. Y si a esto le sumamos frases como «No es para tanto», «Pudo haber sucedido algo peor» o «Al menos no era un familiar», le restamos importancia a lo que sentimos y seguimos adelante, como si nada hubiera pasado. Sí, las pérdidas forman parte de la vida, pero eso no significa que siempre sepamos cómo afrontarlas.
Para entender mejor cómo identificar y procesar estos duelos, así como el impacto que pueden tener en nuestra salud mental y emocional, hablamos con Andrés Huertas, psicólogo clínico, con quien profundizamos en distintos aspectos de este tema que muchas veces preferimos dejar en el olvido.
Darle nombre al dolor
Muchas veces es difícil atravesar una pérdida porque no logramos identificar con claridad qué fue lo que perdimos. Decimos «estoy mal», pero no siempre sabemos explicar por qué. Podemos sentirnos tristes porque estamos muriendo a una expectativa de la familia que imaginábamos, el futuro que soñábamos o la seguridad que creíamos tener. Por eso es importante darle nombre a lo que perdimos.
Duelos sin sanar
Podemos identificar un duelo que aún no ha sido procesado si hay tristeza profunda, irritabilidad, deseo de aislarnos, sensación de perder el control o incapacidad de disfrutar situaciones que antes nos llamaban la atención. Es importante comprender que salir de ese estado emocional no siempre significa que ya elaboramos el duelo. Para Andrés, «una señal importante es identificar si esa pérdida que experimentamos sigue marcando actitudes en el presente. Por ejemplo, después de haber perdido una amistad, podemos evitar confiar en otras personas, alejándonos de ese tipo de relaciones».
Procesar las pérdidas
Lo primero es permitirnos sentir, sin intentar resolver inmediatamente la emoción. Esto es especialmente importante porque, en palabras de Andrés, «vivimos en una sociedad que quiere anestesiar rápidamente el dolor, distraernos, o ignorar lo que sentimos». Sin embargo, para elaborar un duelo debemos atravesar todas las emociones involucradas.
Reconstruir el significado de lo que vivimos, es otra herramienta para procesar las pérdidas. Esto implica dejarnos de preguntar por qué sucedió y comenzar a pensar cómo queremos vivir a partir de ahora, honrando la memoria de lo que perdimos. Así, al encontrar propósito en medio de lo que vivimos, podemos darle un nuevo sentido a seguir adelante.
Acompañar un duelo
Necesitamos entender que el dolor de un duelo no es falta de fe; sino emociones legítimas que necesitan ser experimentadas. En lugar de abordar estos temas queriendo «arreglar» al otro o diciéndole que todo va a estar bien, puede ser más valioso decir: «No sé exactamente cómo te estás sintiendo, pero aquí estoy para ti».
La empatía no consiste en sentir lo mismo, sino en tener la humildad suficiente para reconocer que nuestra experiencia no tiene que parecerse a la del otro para considerarla válida o importante. Por eso, tampoco podemos imponer un tiempo específico para atravesar un duelo, porque no existe, cada persona lo vive de forma distinta.
Lo que debemos hacer es preguntarnos cómo podemos acercarnos y estar presentes. Acompañar muchas veces es la mejor herramienta, simplemente estar en silencio puede ser muy sanador en ocasiones. También podemos apoyar a la persona con los trámites que implica una pérdida o con quehaceres cotidianos, así estaremos aligerando su carga.
Señales de alerta
Aunque no existe un tiempo determinado para todos los casos, en psicología clínica se estima que un duelo, especialmente cuando se trata de una pérdida por muerte, puede tomar hasta tres años en procesarse. Si pasa más tiempo, podría ser un indicador de que se requiere acompañamiento psicológico.
Una señal de alerta es que la persona deje de ser funcional, por ejemplo, si ya no va al trabajo, no estudia o deja de comer. También debemos estar atentos si hay aislamiento, adicciones o un sufrimiento tan intenso que impida que la vida siga su curso. Para Andrés, reconocer estas señales también implica saber cuándo buscar apoyo: «No necesitamos estar al límite para buscar ayuda profesional».
Cerrar ciclos es parte del proceso
El duelo no se trata únicamente de atravesar el dolor, sino también de aprender a avanzar con paz y sanidad. Según Natalia Nieto, del equipo de predicadores de la Iglesia El Lugar de Su Presencia y psicóloga, para avanzar es importante aprender a cerrar ciclos.
Esto no significa olvidar lo que pasó ni hacer como si no hubiera dolido, sino darnos el tiempo necesario para soltar la pérdida y recibir lo nuevo que Dios tiene para nosotros. Desde su experiencia Natalia asegura que, cuando no hacemos esto adecuadamente, nuestra vida puede quedar en pausa y corremos el riesgo de terminar estancados.
En Duelo, su más reciente libro, Natalia Nieto comparte principios clave para afrontar distintos tipos de pérdidas. A través de herramientas prácticas e historias personales, este libro te ayudará a comprender estos procesos, a transitar el dolor y aprender a cerrar ciclos de manera saludable.
Sea que estés viviendo una pérdida o acompañando a alguien en su proceso, este libro es un apoyo para transitar ese camino con mayor comprensión, propósito y esperanza. Como dice Natalia: «Todo ciclo tiene un inicio y un fin, por eso se debe cerrar. Algunos concluyen en paz y armonía, otros en medio de dolor y de reacciones inesperadas, pero sea como suceda, hay que asumirlo, aprender que el tiempo no resuelve las situaciones y que, para avanzar, debemos sanar».







