*Nadie rueda más rápido que los colombianos en el patinaje de carreras. Veintidós títulos mundiales, quince de ellos consecutivos, consagran a Colombia con un dominio sin precedentes en este deporte. Esta es la historia de cómo la organización, la disciplina, el talento y la mentalidad ganadora, construyeron la excelencia deportiva.
En el último Mundial de Patinaje de Velocidad, realizado en Beidaihe, China, —ciudad rodeada de mar y visitada por las brisas propias de las zonas costeras—, Colombia conquistó su vigésimo segundo título mundial, sumando 20 oros, muy lejos de Italia, que ocupó el segundo puesto con seis.
Ser hoy la mayor potencia de patinaje de carreras a nivel mundial era insospechado a finales de los años ochenta, cuando en toda una década apenas se habían logrado dos medallas de plata y una de oro. Para dimensionar el progreso de la nueva generación de patinadores, después del año 2000, basta con este dato: solo Andrés Felipe Muñoz tiene 27 oros mundiales, mientras que en mujeres Cecilia «La Chechi» tiene 24 oros y Jercy Puello ha sido 28 veces campeona mundial.
Ningún país logra acercarse al nivel de Colombia actualmente. No se trata de superpoderes. Existe una buena base genética, sí, pero apenas es un eslabón de una cadena mucho más compleja. Así lo explica Herich Frasser, jefe de prensa de la Federación Colombiana de Patinaje, quien atribuye ese éxito a una gestión dirigencial sólida y a una rigurosa cultura de la competitividad.
«Desde el inicio de la década del 2000, el país inició la construcción de nuevos patinódromos y remodelación de los más antiguos. Hoy hay cerca de 80 mil patinadores activos y se han multiplicado los entrenadores de este deporte que, por su alto nivel y conocimiento, son demandados para trabajar en otros países», cuenta Frasser.
El real potencial de Colombia no está solo en ganar casi todos los mundiales de esta disciplina. Está en los otros once meses previos. Cada fin de semana, en algún rincón del país, 27 ligas que representan a departamentos compiten en campeonatos interligas y Juegos Nacionales, pistas por donde ruedan niños y jóvenes llenos de sueños que no solo buscan una medalla para su tierra, también un puesto en la Selección Colombia.
«De las decenas de competencias anuales se escogen a los 150 mejores patinadores quienes participan de un selectivo del que finalmente quedan 32, que son quienes integrarán la selección en sus tres categorías: prejuvenil, juvenil y mayores en hombres y damas respectivamente», explica Elías del Valle, mánager de la selección quien ha estado al frente de 20 títulos con Colombia.
Del Valle instauró en la selección entrenamientos a doble jornada, sesiones de bicicleta, gimnasio, atletismo, alimentación guiada por un nutricionista y psicología deportiva. Entendió que las medallas se ganan con la disciplina y sus detalles.
María Fernanda Timms tiene seis títulos mundiales para Colombia. Su disciplina empezó a los cinco años y dio fruto 14 años después. «El mío ha sido un proceso largo», dice. «No tuve la dicha de vestir los colores de la Selección en juveniles. Me tocó esperar hasta los 19 años, hasta que gané un cupo en mayores. Pero más duro aún ha sido sostenerme: el nivel es muy exigente y el puesto, muy codiciado por quienes vienen detrás».
Mafe salió de casa a los 13 años. Se trasladó a otra ciudad en busca de mayores oportunidades en el patinaje. Hoy su rutina es estricta: cuatro sesiones de entrenamiento al día. Se levanta a las cuatro y media de la mañana para la primera y termina de entrenar después de las cuatro de la tarde. Ese es el costo de competir en la élite.
«Además de mis seis títulos mundiales, he sido campeona bolivariana, suramericana y, el año pasado, campeona de los World Games, el evento multideportivo más importante para disciplinas fuera del programa olímpico. Puedo definir ese momento como la cúspide de mi carrera», señala Timms.
Pero la disciplina, por sí sola, no explica el dominio colombiano. También nuestros patinadores han perfeccionado durante décadas: la técnica. Es una combinación precisa de fuerza, sincronía y ritmo para impulsar el patín de adentro hacia afuera, manteniéndolo lo más cerca posible de la pista y avanzando con el tronco inclinado hacia adelante para reducir la resistencia del aire. Al llegar a las curvas, ejecutan con precisión la trenza: un cruce de piernas casi milimétrico que les permite conservar la velocidad sin perder estabilidad.
María Fernanda dice que, en la pista, piensa en saber competir, en transferir todo su conocimiento a la decisión correcta. Es su mente con mil millones de bits, tomando buenas o malas decisiones. Hay tensión, concentración y, al final, el resultado de miles de horas repitiendo la misma maniobra una y otra vez.
Desde la tribuna, en cambio, el espectador ve a la atleta ejecutar un movimiento simétrico y coreográfico, como si los músculos no pesaran, como si el aire no faltara, como si todo fuera una auténtica danza sobre ruedas.







