Regresando al Vínculo Perfecto

Por: Henry González

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Esta independencia que se convierte en orfandad no está solo en las relaciones familiares. También la vemos en la relación de millones de personas con Dios. Quizás eres un hijo independiente de él, estás inmerso en la cultura de este mundo, creyendo más en las palabras de influenciadores que en lo que dice tu Padre celestial.
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Hay un momento que le cambia la vida a todo hombre. Puede ocurrir en una clínica, en el baño de su casa, o en medio de una noche que parece distinta a las demás: es el instante en que descubre que es papá. Adrede uso el verbo en presente y no en futuro, porque la paternidad no comienza en un parto; sino cuando reconoces que Dios, a través de ti, llamó a existencia a un nuevo ser.

Y siendo honesto: el primer sentimiento que brota no es alegría pura, sino una mezcla extraña de emoción, miedo, y el peso enorme de una nueva responsabilidad, junto al eco ensordecedor de la pregunta «¿Estoy realmente listo para esto?». La respuesta corta es: «¡No!», pero hay esperanza en saber que todos los que aceptamos el reto de la paternidad, debemos atravesar el difícil umbral en el que comprendemos lo impotentes e inadecuados que somos para esta labor. 

Incluso si nacimos con el deseo ferviente de formar una familia y ser papás, ninguno tiene todas las respuestas. Aún así, la paternidad es uno de los temas de los que menos hablamos entre hombres. Contamos nuestros logros, sueños y luchas financieras, pero rara vez mencionamos el terror que sentimos y el precio que implica ser padres. Este artículo es una invitación a tener esas conversaciones, sin máscaras ni fingimientos y con el corazón desnudo, para encontrar experiencias que nos nutran y soluciones que puedan iluminar este camino tan desconocido. 

Quiero hablarte, desde mi experiencia como papá primerizo, de una pregunta que Dios me hizo y que cambió por completo la forma en que estoy criando a mi hijo. 

El mar de información y el enemigo silencioso

Hace dos años nació Benjamín, mi hijito. Desde entonces he sido inmensamente feliz y, en la misma proporción de la alegría experimentada, he sido privado del sueño, he llorado y he buscado en internet todas las preguntas que se me han ocurrido. La biblioteca de fotos está desbordada (hace poco tuve que cambiar mi teléfono porque no soy capaz de borrar ni una sola imagen de mi niño), mi Spotify está plagado de rondas infantiles, y mejor ni menciono cómo está mi historial con ChatGPT.

En mi deseo de hacerlo todo bien, encontré dos cosas: 

La primera es que existe un mar de información sobre la crianza, y toda se contradice. Pediatras, asesoras de lactancia, asesoras de sueño, industrias de pañales y fórmula; parecen un ejército contratado para dividir y confundir. No digo que lo que expongan no sea cierto, solo que al comparar toda la información disponible, no hay una sola verdad y esto, en lo personal, me deja absolutamente perdido. A veces envidio con nostalgia, a los que solo tenían el consejo de sus mamás y abuelas, cuando todo se curaba con paciencia y remedios caseros.

La segunda cosa es más profunda: vivimos en un mundo que a toda costa busca romper el vínculo entre padres e hijos, y lo más doloroso es que estamos cómodos con quienes lo fomentan. Te recomiendan sacar al bebé de tu habitación desde los tres meses, te invitan a dejarlo al cuidado de otros desde que nace y te animan a que lo pongas frente a una pantalla para «desarrollar sus habilidades intelectuales».

Entre mis lecturas sobre crianza encontré una metodología que incentiva la independencia de los niños en todas sus rutinas, leí tres títulos diferentes, y quise ponerlos en práctica. Organizando la habitación de Benjamín según las instrucciones de los gurús, me topé con la voz de Dios preguntándome: «¿Por qué quieres un hijo tan independiente?»

No tuve respuesta. Quizás me parecía más cómodo que hiciera sus cosas solo, para aligerar mi carga y la de mi esposa, pero la pregunta de Dios parecía más una afirmación que una duda, entonces comprendí que esa independencia no era parte del plan de Dios para mi familia.

Durante semanas pensé en esa pregunta y, como sabía que no hallaría respuestas en las contradicciones de los expertos; en oración, y a la luz de la Biblia, le pedí al único que tiene todas las respuestas, que me guiara. Así encontré algo que rompió por completo mis esquemas: la relación entre Jesús y el Padre.

Frases del tipo: «Deja que se valga por sí mismo o será un fracasado» «Los hijos te repudian en la adolescencia», «Es imposible tener una buena relación con ellos cuando crecen», «Un día te soltarán y harán su camino» «No lo elogies o se hará adicto a la aprobación»; hacen parte de una propaganda independentista para romper un vínculo sagrado que nunca debió ser expuesto a la opinión pública.

Jesús, nuestro máximo ejemplo, siendo un hombre de 33 años, mantenía su corazón ligado al de su  padre, él mismo decía:

Yo y el Padre uno somos, Juan 10:30 (RVR60).

El que me ha visto a mí, ha visto al Padre, Juan 14:9 (RVR60).

No puede el Hijo hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre, Juan 5:19(RVR60).

He descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió, Juan 6:38 (RVR60).

El Padre y el Hijo son uno solo. La vida del Hijo honra al Padre, y el Padre vive para el Hijo. Ver esta realidad, renovó completamente mi entendimiento sobre la paternidad.

Un día me llamaron porque Benjamín, al no sentirse cómodo donde estaba, lloró casi dos horas. Fui a verlo, lo alcé y le dije: «Ya estoy aquí». Una persona, con la mejor de las intenciones, se acercó para decirme: «Ese es el problema. Siempre que llora, lo alzas. Estás generando una dependencia hacia ti. Siempre que tenga problemas, correrá a buscarte».

Me sentí feliz. Eso es exactamente lo que quiero que suceda, y es lo que veo que Jesús hizo en momentos difíciles: fue al Padre. En Getsemaní, a punto de ser traicionado y crucificado, fue al Padre. Cuando necesitó alimentar a las multitudes, fue al Padre. Antes de dar su último respiro, clamó al Padre. 

El profeta Malaquías escribió algo sobre Jesús que necesitamos recordar: Sus predicaciones harán volver el corazón de los padres hacia sus hijos y el corazón de los hijos hacia sus padres, Malaquías 4:6 (NTV).

La primera institución creada por Dios no fue la iglesia, ni el trabajo, ni la universidad: fue la familia. Hay bendición en que los corazones de padres e hijos se conecten, y hay consecuencias cuando eso no pasa. 

¿Cómo se regresa al vínculo perfecto? Yo también estoy aprendiendo y no he encontrado un método, pero tengo lo que veo en la relación del Padre y el Hijo.

Tiempo

Getsemaní es uno de los momentos más difíciles, pero también más especiales de los evangelios. Jesús fue a pasar tiempo con el Padre, en la noche, cuando todos lo abandonarían. Una cercanía que fue cultivada con tiempo.

Nuestra responsabilidad como papás es estar para nuestros hijos todo el tiempo y hasta el final. La paternidad no va solo hasta que cumplen la mayoría de edad, tampoco depende de si tienes fuerza. Recuerdo que cuando me casé, mi papá me dijo una de las frases más hermosas que he escuchado: «Desde hoy eres el hombre de tu casa, pero nunca dejarás de ser mi hijo. Seré tu papá hasta el día que parta con el Señor». En ese momento no entendía el peso de esas palabras, pero hoy se han vuelto mi tesoro y mi herencia.

El «tiempo de calidad» es una patraña cuando se usa como excusa para pasar poco tiempo con nuestros hijos. Ellos necesitan tiempo en cantidad, porque eso les demuestra que los amamos, que son importantes y que somos parte del mismo equipo. Si pasamos más tiempo en otras actividades que con ellos, el mensaje es claro: «no me interesas».

Palabras

El Padre afirmó a su Hijo en público, «Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia», fue lo que se escuchó desde el cielo cuando Jesús fue bautizado.

Hazle saber a tu hijo cuánto lo amas. Hazlo en público. Dile que estás orgulloso de él. No des por sentado que ya lo sabe. Nunca corrijas a expensas de su carácter, no digas: «eres un desobediente», di: «desobedeciste, pero Dios te hizo un hombre o una mujer temerosa de él». Recuérdale que sin importar sus debilidades, lo aceptas incondicionalmente. Eso es lo que el Padre hizo con nosotros, nos amó sin condición: siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros. Corrige en privado y en voz baja. Exalta en público y en voz alta.

Acciones

Cuando Jesús sudó sangre en el monte de los Olivos, el Padre envió ángeles a servirle. Reconoció la necesidad de su hijo y actuó. Haz lo mismo: reconoce las necesidades de tu hijo y actúa. Contacto físico, cercanía y presencia a través de los sentidos. Si prometiste, cumple. Tu hijo no es lo que esperas de él, es lo que Dios ha determinado, y no siempre será lo que soñaste. Aún así, toma acciones para mostrarle tu amor.

Si tú eres el hijo

Esta historia tiene dos caras. Si en este momento no eres el padre sino el hijo, también hay un camino de regreso para ti. Se llama misericordia, honra y reciprocidad.

Tu papá se equivoca, todos lo hacemos. En la gran mayoría de los casos tu papá tiene buenas intenciones. Sé misericordioso y pasa por alto el error. Recuerda que él sigue aprendiendo cómo llevar este cargo. Ningún papá es perfecto, solo el Padre celestial.

El único mandamiento con promesa es honrar a padre y madre, para tener una vida buena y larga. La honra es un respeto profundo, de valorar y guardar alta estima hacia una persona. Tu papá no es tu enemigo: es tu sangre, tu aliado. Quizá al ver sus errores te has creído más sabio que él. Pero sus sacrificios para que pudieras llegar más lejos en lugar de hacerlo inferior a ti, lo hacen merecedor de honra.

En cuanto a la reciprocidad: si tu papá da un paso, tú puedes dar dos. La reciprocidad crea un ciclo virtuoso de amor que hará que la relación florezca. Si tu papá te invita a orar, a caminar o a comer: acepta. Tus amigos están hoy, mañana no. Tu papá estará para siempre.

De regreso al padre

Esta independencia que se convierte en orfandad no está solo en las relaciones familiares. También la vemos en la relación de millones de personas con Dios. Quizás eres un hijo independiente de él, estás inmerso en la cultura de este mundo, creyendo más en las palabras de influenciadores que en lo que dice tu Padre celestial.

Dios quiere que te relaciones con él y disfrutes la bendición de ser su hijo y, si eres papá, que estés resguardado bajo su dirección. Porque en el vínculo entre él y tú está la guía para todo lo demás: el amor, la familia y la paternidad.

No es demasiado tarde para volver a ser hijo. Jesús, con 33 años, mantuvo su corazón ligado al del Padre. Ese es el vínculo perfecto al que te invito a regresar.

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