Cada inicio de año llega cargado de un ímpetu particular. Queremos ordenar nuestra vida, mejorar nuestra salud y crecer en nuestra fe. Sin embargo, ese ímpetu inicial de «conquista» suele ser frágil. Existe una brecha dolorosa entre la intención y la realidad que puede volverse frustrante si, tras unas semanas, los resultados no se materializan y el avance se siente invisible.
Personalmente, he encontrado una gran lección en el running. Me apasiona salir a la calle cuando el sol apenas se ve, inhalar el aire fresco de la mañana y sentir cómo el cuerpo, inicialmente, reacciona y entra en calor mientras despierta.
Al principio, cada paso cuesta; la respiración es agitada y la mente intenta convencerte de volver a la cama. Pero, de pronto, ocurre algo maravilloso: la «máquina» despega, el ritmo se estabiliza y correr se convierte en una de las mejores sensaciones que conozco.
No siempre fue así. Por mucho tiempo, vi el running como una meta difícil de alcanzar, reservada para personas con una voluntad de hierro. Mi perspectiva cambió cuando dejé de verlo como un sacrificio heroico de un solo día y lo convertí en un hábito. Entendí que la meta no es correr un maratón mañana, sino ponerse las zapatillas hoy.
Pienso en Gálatas 6:9 que dice: No se cansen de hacer el bien. A su debido tiempo, cosecharemos numerosas bendiciones si no nos damos por vencidos. Aquí el apóstol Pablo nos motiva a perseverar en la rectitud, haciendo énfasis en la persistencia, para lograr buenos resultados.
No te canses de construir buenos hábitos, porque un hábito es, en esencia, una conducta que se aprende con la repetición. Es el resultado de tomar pequeñas decisiones hasta que estas se integran en nuestra identidad y rutina sin requerir un esfuerzo consciente. Se trata de perseverar en lo correcto, incluso cuando el camino se torna difícil o los resultados no son notorios.
Para desarrollar hábitos que perduren y transformen tu realidad, es necesario un plan que sea sencillo, enfocado y progresivo. Aquí te propongo tres pasos fundamentales:
Prioriza y especifica con claridad: el error más común es intentar cambiar todo a la vez. Elige un solo hábito y defínelo de forma medible. En lugar de un vago «quiero orar más», establece «orar 10 minutos al despertar». La especificidad elimina la ambigüedad y le da a tu cerebro una instrucción clara que puede cumplir con éxito.
Establece un «disparador» estratégico: un hábito nuevo necesita un ancla. Vincula tu nueva acción a una rutina que ya tengas establecida. Puede ser después de tomar el café de la mañana o después de apagar tu computador al final de la jornada laboral. Al asociar la nueva conducta con una señal, facilitas la repetición y reduces la resistencia mental.
Rinde cuentas y celebra la fidelidad: Dios nos diseñó para vivir en comunidad. Comparte tu progreso con alguien de confianza que pueda animarte. Además, aprende a celebrar las pequeñas victorias. Cada semana que logras mantener tu compromiso es un motivo de gratitud; un pequeño incentivo refuerza el circuito de recompensa y te motiva a seguir adelante.
Con el tiempo, la repetición convierte la acción en una parte natural de tu carácter, liberando tu dominio propio para decisiones más trascendentales. Recuerda que el fin último no es la autodisciplina por sí sola, sino la transformación integral.
Como dice Romanos 12:2 (NTV): No imiten las conductas ni las costumbres de este mundo; más bien, dejen que Dios los transforme en personas nuevas al cambiarles la manera de pensar. Un hábito bien plantado es la semilla de una mentalidad renovada que, a su debido tiempo, dará frutos de bendición para ti y para quienes te rodean.
Deseo que cada artículo de esta edición sea una herramienta práctica para tu día a día y una motivación para perseverar en los hábitos que Dios quiere formar en ti. No olvides visitar nuestra página web: ttcrevista.com para más contenido. Que esta lectura te acompañe, te inspire y te anime a lograr tus metas en este 2026.







