¿Qué son las máscaras emocionales y por qué las usamos?
Octubre es un mes en el que las calles se llenan de máscaras. Sin embargo, estos objetos que cubren el rostro para ocultarlo o transformarlo no son exclusivos de esta temporada. Culturalmente, las máscaras se asocian con lo escénico, lo ritual o lo arriesgado, como la guerra y el espionaje.
Un ejemplo curioso ocurrió tras el estreno de la octava película de la saga Misión Imposible, cuando la CIA confirmó que sus agentes usan máscaras tan sofisticadas como las que se ven en la cinta, capaces de alterar el rostro y lograr un camuflaje casi perfecto. Pero ¿qué pasa cuando lo que se quiere camuflar son los sentimientos o la personalidad?
Conversando con la psicóloga Valerie Cañón, fundadora del espacio de acompañamiento terapéutico Ebenezer, entendimos mejor por qué los seres humanos no necesitamos estar en un escenario o en un campo de guerra para usar máscaras.
«Las máscaras emocionales están asociadas a lo que en psicología se conoce como formas de afrontamiento desadaptativas, un conjunto de comportamientos que se usan para ocultar miedos, inseguridades o heridas», explica Valerie. Al igual que una máscara física requiere materiales y un proceso que toma tiempo, las máscaras emocionales tampoco aparecen de un día para otro. Son el resultado de aprendizajes marcados por el contexto y la época en que vivimos, muchas veces desde la niñez.
En esos primeros años, cuando enfrentamos situaciones que nuestro cerebro interpreta como una amenaza, aprendemos a crear estas máscaras como un mecanismo de defensa.
Cómo las máscaras afectan nuestra autenticidad
El teatro griego, en la Atenas del siglo IV, se considera un pilar fundamental de las artes escénicas. Allí nació el uso de las máscaras, que servían para exagerar las emociones. Eran construidas en cera; por eso, la palabra sinceridad significa literalmente «no tener máscaras».
Aunque esta forma de arte ha evolucionado y hoy es raro ver máscaras como las que usaban los griegos, los intérpretes siguen enfrentando el reto de construir una identidad fuerte que evite que su personalidad se confunda con la de los personajes que interpretan.
La actriz Katherine Escobar Farfán recuerda el momento en que descubrió que estaba poniéndose máscaras:
«Cuando llegaba a mi casa, me invadía una sensación de vacío, soledad y sinsentido. Allí pude identificar que había una máscara, porque no podía ser igual en público y en privado; algo estaba pasando».
Valerie afirma que nunca es sano usar una máscara para ocultar quiénes somos o lo que sentimos. Nos explica la raíz de este comportamiento desde la biología: «Nuestro cerebro tiene varias partes que se encargan de la memoria. La amígdala y el hipocampo, que ayudan a la regulación emocional, guardan la memoria experiencial (episódica) y envían algunos de esos recuerdos a otro lugar del cerebro llamado memoria implícita, que es una memoria inconsciente. Por eso, muchas veces, con base en aprendizajes pasados, respondemos sin darnos cuenta».
Así, la máscara que en un principio usamos para salir bien librados de una situación termina automatizándose y afectando otras etapas de la vida.
Tipos de máscaras emocionales más comunes
Soy infalible. Suele ser usada por la persona que creció en un ambiente de altísimas exigencias, donde debía demostrar su valor a través de buenos resultados. Con el tiempo, desarrolla conflictos en sus relaciones porque no tolera los errores ni la humanidad de los demás. Esa exigencia la lastima profundamente y puede llevarla a ciclos de sobrepensar, ansiedad o incluso trastornos alimenticios.
Todo lo puedo. No puede llorar ni mostrarse débil porque le enseñaron que estaba mal ser vulnerable. Es frecuente en hombres que crecieron en contextos machistas, aunque también se da en mujeres. Con el tiempo, estas personas no logran brindar apoyo emocional porque nunca lo recibieron y les resulta difícil pedir ayuda, ya que creen que todo deben hacerlo solos.
Soy complaciente. Vivió en contextos de abandono o en ambientes donde poner límites provocaba enojo o falta de afecto. Su papel es siempre agradar a los demás y evitar conflictos a toda costa. A largo plazo, puede aceptar relaciones abusivas o experimentar dependencia emocional al no saber cómo poner límites.
Soy invisible. Fue humillada o maltratada por quienes debían protegerla, incluso en público. Por eso aprende a aislarse y a evitar situaciones sociales, pues las asocia con peligro o humillación. Esta máscara le impide construir relaciones saludables y se sostiene en una baja autoestima.
Valerie explica que solemos usar muchas más máscaras. «No es tanto que las necesitemos, sino que es muy difícil darnos cuenta, porque nos han funcionado para adaptarnos a nuestro contexto. A menos que haya una experiencia de confrontación, no podemos aceptar que necesitamos trabajar en esto».
Todas las máscaras están arraigadas en experiencias negativas de la infancia o adolescencia y, con el tiempo, se convierten en una carga que nos aleja de nosotros mismos y de los demás.
La importancia de la identidad y la vulnerabilidad
Katherine Escobar Farfán reconoce que usar máscaras es una tentación: «Mostrarnos reales y vulnerables es un arte y cuesta; el precio que se paga es exponer tus heridas».
Para vencer esa tentación, toma como referente la anécdota del discípulo Tomás, que creyó en Jesús luego de ver sus cicatrices: «Entender el valor de la vulnerabilidad, para que otros crean y que mis cicatrices tengan un propósito, es lo que me mantiene con los pies en la tierra. Los escenarios, como las redes sociales, muestran un mundo ideal donde nadie pasa necesidades o sufrimiento, y es una tentación unirse a eso».
Otra lección que Katherine aprendió, tanto en la vida como en su profesión, fue el poder de la identidad:
«Tu esencia nunca se puede perder; si me conozco y sé quién soy, puedo interpretar a otros sin convertirme en lo que estoy interpretando».
Se requiere un trabajo mental y emocional para diferenciar entre los personajes que interpretamos y nuestra personalidad propia. Esto aplica no solo para los actores, sino para cualquiera que lucha con el deseo de mostrarse como alguien que no es.
Cómo dejar de usar máscaras emocionales
«Querer ser otro se siente horrible; es una farsa que genera inseguridad», dice Katherine. Pero como este comportamiento nace del deseo de mantenernos a salvo, es necesario dar pasos para salir del mal hábito de ocultarnos tras lo que no somos.
Algunos consejos prácticos que surgieron de la conversación con Valerie y Katherine:
- Aprende a amar tu realidad actual y comienza a conocerte de verdad.
- Trabaja en la comparación, la envidia, el juicio y la crítica que surgen en tu mente. La Biblia puede ser un gran aliado para ganar esas batallas.
- Cambia de ambiente: rodéate de personas con vidas saludables y transparentes, donde puedas practicar la vulnerabilidad de manera segura.
- No huyas del dolor. Exponlo delante de Dios y permítele sanar tus heridas.
- Escribe: ¿Cuál es la máscara? ¿Cuándo aparece? ¿Qué pensamientos o emociones la sostienen? Valerie explica que tener claras estas respuestas permite lograr un “cierre de pensamiento” o reestructuración cognitiva, que significa sustituir creencias limitantes por verdades saludables.
- Busca ayuda profesional que te permita entender los comportamientos que se han convertido en patrones recurrentes en tus relaciones.
El papel más importante: ser tú mismo
Vivir detrás de una máscara puede ofrecer una falsa sensación de seguridad, pero también nos aleja de nuestra esencia. Perdemos autenticidad, nos llenamos de ansiedad y dejamos de lado lo que realmente nos apasiona. Lo más doloroso: dejamos de caminar hacia el propósito para el cual fuimos creados.
Cuando decides soltar la máscara, descubres algo mayor: no solo quién eres, sino quién fuiste diseñado para ser.
Y es ahí donde las palabras de Romanos 12:2 cobran vida: «No se adapten tanto a su cultura que ya no sepan vivir de forma fresca e innovadora. Sean transformados por la renovación de su mente, de modo que puedan discernir qué es lo que Dios quiere para ustedes y descubrir lo que es bueno, agradable y perfecto».
Porque, al final, el papel más grande que puedes interpretar no es un disfraz aprendido, sino la autenticidad de vivir en el diseño que Dios ya escribió para ti desde un principio.







